EL TORMENTO DEL LADRON SUMADO AL PERDON DE CRISTO

EL TORMENTO DEL LADRON SUMADO AL PERDON DE CRISTO

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He aquí los frutos que alcanzó a dar el ladrón salvo por el Señor en el tiempo de la angustia. Cómo cristiano, ¿esperarías a que te lleguen aflicciones o plagas para empezar a dar frutos?

  • El ladrón que fue salvo por la misericordia de Dios a causa de sus buenos frutos dados mientras compartía la agonía de estar clavado en una cruz al igual que nuestro Señor, sus frutos fueron: Reprendió al compañero ladrón quien en su maldad injuriaba a Jesús, diciéndole: ¿Ni aún temes a tu Dios, estando en la misma condenación? (Lc 23:40). Noten que no se puso a reír de lo que decía su compañero ni se solidarizó con esto.
  • Antes bien, reconoció sus pecados y con ello dio fruto de confesión de los mismos ante Jesús. Además se humilló en su dolor y asintió que tanto él como su compañero ladrón lo merecían por causa de su pecado. Aquel ladrón que fue salvo, reconoció además la inocencia de Jesús defendiéndolo de los ataques del compañero. (Lc 23:41). Ese ladrón dio buenos frutos en el corto tiempo de agonía que tuvo al lado de Jesús.
  • Pero principalmente, habiendo dado aquellos frutos de justicia, reconoció que Aquel que estaba clavado en la cruz era el Hijo de Dios que le podía salvar. (Lc 23:42). Y allí es donde cobra fuerza esta promesa dejada por nuestro Señor, la cual es para aquellos que están padeciendo y dentro del tormento invocan el nombre del Señor: “Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Ro 10:13).
  • Entendamos, pues, que el perdón logrado por el ladrón provino de la misericordia de Dios la cual se activó otorgándole salvación instantánea, porque dio frutos de arrepentimiento y otros frutos más que ya mencionamos arriba. El ladrón reprendió al compañero lo malo que estaba haciendo y reconoció a Jesucristo como su Salvador con humillación, al expresar: “Acuérdate de mí, cuando vengas en tu reino”.
  • En cambio el compañero, no se arrepintió ni se humilló, ni reconoció al Salvador. Aquel ladrón fue inclemente con Jesús a pesar que ambos estaban padeciendo. Fue también irrespetuoso, que con injurias le gritaba: “si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros” (Lc 23:39). Este no recibió salvación en medio del tormento mientras estuvo vivo, porque sus frutos fueron malos.

Este ladrón, al igual que muchos pecadores que no se arrepintieron, están en el infierno, aguardando por los siglos a que el Señor constituya el trono blanco en los días del fin, ante el cual comparecerá toda alma para recibir el juicio definitivo.

Entretanto, nosotros que estamos vivos permanentemente arrepintámonos de nuestros pecados, arreglando cuentas con aquel que nos ha causado mal. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Recuerda que el día y la hora del arrebato, los que estén velando en esto, se irán en el arrebato. Nadie con rencores o asuntos pendientes se va aquel día. “Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento”. (Mt 3:8).

Hna Ada Luz Camargo de Pineda

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